Francia: Sarkozy es candidato presidencial de la derecha

Conservador de origen magyar, ganó la interna de Unión por un movimiento popular (UMP). Su figura le restará votos al racista auvernés Jean-Marie Le Pen. Pero, en las encuestas, queda debajo de Ségolène Royal, postulante socialista.

Populista en lo económico (rasgo que no gusta a la derecha empresarias o financiera) y con ribetes racistas –pese a ser hijo de inmigrantes húngaros-, la autoexclusión del presidente Jacques Chiurac (por mala salud y una serie de fracasos) lo convirtió en precandidato único. Su pálido rival, Dominique Villepin, era demasiado aristocrático para el gusto de las grandes ciudades.

A los 51 años, Sarkozy tiene carisma, pero sus posturas contra negros y musulmanes le enajenan apoyo urbano. En el otro extremo, se identifica con el estado empresario y un neonacionalismo –común a Francia, España o Polonia- poco compatible con la Unión Europea. Naturalmente, tampoco simpatiza con el proyecto de tratado constitucional ni el ingreso de Turquía a la UE.

Si de hoy a abril no surge un tercero en discordia (como ocurrió en 2002, cuando Le Pen frustró la carrera de Lionel Jospin), la pelea será con Royal. Sarkozy afirma que “romperá con la forma de hacer política imperante en los últimos decenios”. Pero se contradice al reivindicar “el legado de Charles de Gaulle”, uno de cuyos fundamentos –la hostilidad a Estados Unidos y su “agente”en la UE, Gran Bretaña- ha sobrevivido casi cincuenta años. Sucede que el actual ministro de Interior es muy proclive a Washington, aun en el tema iraquí, factor que le retaceará votos si se agrava el fracaso norteamericano en Bagdad.

Pese a su actitud ante fusiones y adquisiciones, se lo sindica como “neoconservador”. Por supuesto, su hostilidad ante el sector laboral lo acerca a ese ala, donde cuenta con amigos entre los “hugonotes” (banqueros y empresarios para quienes el negocio está por encima de todo). En tren de ambigüedades, debe señalarse que la candidata socialista admira a Antony Blair, no justamente un caso de éxito político.

Populista en lo económico (rasgo que no gusta a la derecha empresarias o financiera) y con ribetes racistas –pese a ser hijo de inmigrantes húngaros-, la autoexclusión del presidente Jacques Chiurac (por mala salud y una serie de fracasos) lo convirtió en precandidato único. Su pálido rival, Dominique Villepin, era demasiado aristocrático para el gusto de las grandes ciudades.

A los 51 años, Sarkozy tiene carisma, pero sus posturas contra negros y musulmanes le enajenan apoyo urbano. En el otro extremo, se identifica con el estado empresario y un neonacionalismo –común a Francia, España o Polonia- poco compatible con la Unión Europea. Naturalmente, tampoco simpatiza con el proyecto de tratado constitucional ni el ingreso de Turquía a la UE.

Si de hoy a abril no surge un tercero en discordia (como ocurrió en 2002, cuando Le Pen frustró la carrera de Lionel Jospin), la pelea será con Royal. Sarkozy afirma que “romperá con la forma de hacer política imperante en los últimos decenios”. Pero se contradice al reivindicar “el legado de Charles de Gaulle”, uno de cuyos fundamentos –la hostilidad a Estados Unidos y su “agente”en la UE, Gran Bretaña- ha sobrevivido casi cincuenta años. Sucede que el actual ministro de Interior es muy proclive a Washington, aun en el tema iraquí, factor que le retaceará votos si se agrava el fracaso norteamericano en Bagdad.

Pese a su actitud ante fusiones y adquisiciones, se lo sindica como “neoconservador”. Por supuesto, su hostilidad ante el sector laboral lo acerca a ese ala, donde cuenta con amigos entre los “hugonotes” (banqueros y empresarios para quienes el negocio está por encima de todo). En tren de ambigüedades, debe señalarse que la candidata socialista admira a Antony Blair, no justamente un caso de éxito político.

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