Europa como plaza económica

Europa vuelve a ganar paulatinamente importancia como plaza económica en la competencia internacional. En los años 80, el Viejo Continente sufría de euroesclerosis avanzada. Por Gerhard Fels

30 diciembre, 2000

¿Tiene futuro Europa en la competencia internacional?

En los años 90 le fueron aplicados varios programas de revitalecimiento: el mercado interno, el euro y la prevista ampliación hacia el Este. Pero durante algún tiempo, las anquilosadas estructuras económicas parecieron no responder a las dinámicas tendencias económicas actuales: la globalización, la tercerización, la revolución electrónica y la biotecnología.

Entre tanto, la economía Europea ha ganado flexibilidad e impulso. En comparación con Japón, Europa tiene mejores cartas, ya que el país asiático sale sólo muy lentamente de la profunda recesión en la que cayó en los años 90.

Con Estados Unidos, donde quizás se pueda hablar ya de una new economy, la buena coyuntura económica europea no tiene por qué temer comparaciones. Las –hasta ahora– cíclicas leyes del desarrollo económico permiten prever un cierto debilitamiento del crecimiento en Estados Unidos.

En Alemania se espera que la dinámica actual sea el comienzo de una larga fase de prosperidad y que la new economy también llegue al resto de Europa.

Si se observan detenidamente algunos importantes indicadores económicos, se constata que la Unión Europea (UE) puede resistir actualmente cualquier comparación con Japón y Estados Unidos. A largo plazo, sin embargo, no puede pasarse por alto que la UE tiene claras debilidades en comparación con Japón y Estados Unidos, sobre todo en el mercado laboral. La desocupación en la UE pasó de aproximadamente 4% en promedio en los años 70 a 10% en los 90.

A través de los años se registra una persistencia del desempleo, que se manifiesta particularmente en un alto desempleo de largo plazo. En Europa y Alemania, uno de cada dos desocupados no tiene empleo desde hace por lo menos 12 meses, en Japón es uno de cada 5 y en Estados Unidos, sólo uno de cada 12.

En Estados Unidos casi 75% de las personas activas trabajan en el sector de servicios; en la UE 65% y en Japón y Alemania algo menos de 63%. Relacionando los puestos de trabajo en el sector de servicios con la población total, en Estados Unidos trabajan 360 de cada 1.000 habitantes en el sector de servicios, mientras que en la UE y Alemania sólo son 270.

Si en Alemania se alcanzara el mismo nivel que en Estados Unidos, el número de personas con trabajo sería más de 20% mayor. Para Alemania, ese déficit en los servicios alcanza en cifras absolutas a más de 7 millones de puestos de trabajo.

Esa cifra es sin duda un máximo, porque en Estados Unidos la industria ha pasado más que en la UE parte de la producción y el empleo al sector de servicios. Pero incluso teniendo en cuenta esas diferencias y las actividades realizadas en uno y otro sector, para Alemania el déficit sigue siendo considerable: aproximadamente 3,5 millones de puestos de trabajo.

El aumento de la desocupación en la UE se debe sobre todo a que los puestos de trabajo perdidos en ramas económicas declinantes no son sustituidos lo suficientemente rápido por empleos en las ramas que prosperan, particularmente en los servicios. Decisivas para la creación de mayor empleo son las inversiones. Por ello, para la UE tiene suma importancia atraer nuevamente inversionistas internacionales.

Pero también es necesario corregir otra percepción equivocada: la competencia de los países por los inversionistas no desemboca de ninguna manera en una competencia ruinosa.

Una política económica orientada a la oferta mejora en todos lados las condiciones para las inversiones. Por ello es válido que, aún cuando ningún país logre mejorar su posición en la competencia, porque también sus competidores aplican la misma política, todos los países se benefician de un clima más propicio para el crecimiento y el empleo.

Exagerada es también la tesis de que tiene lugar una ruinosa carrera hacia abajo en la aplicación de impuestos a las ganancias de las empresas y la consecuente pérdida de poder financiero y político del Estado.

En sus decisiones de inversión, las empresas nunca pierden de vista las contraprestaciones del Estado en forma de bienes públicos. Por ello, la competencia entre diversas plazas económicas no es automáticamente una competencia por quién tiene los menores impuestos.

De esa forma, el Estado es obligado a limitarse a sus tareas básicas de ordenamiento económico y creación de condiciones favorables para el desarrollo de las empresas. La integración agudiza la competencia dentro de la Unión Europea, porque el mercado interno y el euro permiten una mayor movilidad de los capitales. Los países europeos deberían asumir ofensivamente ese desafío y sacar provecho de la fuerza creativa que supone la competencia institucional.

¿Tiene futuro Europa en la competencia internacional?

En los años 90 le fueron aplicados varios programas de revitalecimiento: el mercado interno, el euro y la prevista ampliación hacia el Este. Pero durante algún tiempo, las anquilosadas estructuras económicas parecieron no responder a las dinámicas tendencias económicas actuales: la globalización, la tercerización, la revolución electrónica y la biotecnología.

Entre tanto, la economía Europea ha ganado flexibilidad e impulso. En comparación con Japón, Europa tiene mejores cartas, ya que el país asiático sale sólo muy lentamente de la profunda recesión en la que cayó en los años 90.

Con Estados Unidos, donde quizás se pueda hablar ya de una new economy, la buena coyuntura económica europea no tiene por qué temer comparaciones. Las –hasta ahora– cíclicas leyes del desarrollo económico permiten prever un cierto debilitamiento del crecimiento en Estados Unidos.

En Alemania se espera que la dinámica actual sea el comienzo de una larga fase de prosperidad y que la new economy también llegue al resto de Europa.

Si se observan detenidamente algunos importantes indicadores económicos, se constata que la Unión Europea (UE) puede resistir actualmente cualquier comparación con Japón y Estados Unidos. A largo plazo, sin embargo, no puede pasarse por alto que la UE tiene claras debilidades en comparación con Japón y Estados Unidos, sobre todo en el mercado laboral. La desocupación en la UE pasó de aproximadamente 4% en promedio en los años 70 a 10% en los 90.

A través de los años se registra una persistencia del desempleo, que se manifiesta particularmente en un alto desempleo de largo plazo. En Europa y Alemania, uno de cada dos desocupados no tiene empleo desde hace por lo menos 12 meses, en Japón es uno de cada 5 y en Estados Unidos, sólo uno de cada 12.

En Estados Unidos casi 75% de las personas activas trabajan en el sector de servicios; en la UE 65% y en Japón y Alemania algo menos de 63%. Relacionando los puestos de trabajo en el sector de servicios con la población total, en Estados Unidos trabajan 360 de cada 1.000 habitantes en el sector de servicios, mientras que en la UE y Alemania sólo son 270.

Si en Alemania se alcanzara el mismo nivel que en Estados Unidos, el número de personas con trabajo sería más de 20% mayor. Para Alemania, ese déficit en los servicios alcanza en cifras absolutas a más de 7 millones de puestos de trabajo.

Esa cifra es sin duda un máximo, porque en Estados Unidos la industria ha pasado más que en la UE parte de la producción y el empleo al sector de servicios. Pero incluso teniendo en cuenta esas diferencias y las actividades realizadas en uno y otro sector, para Alemania el déficit sigue siendo considerable: aproximadamente 3,5 millones de puestos de trabajo.

El aumento de la desocupación en la UE se debe sobre todo a que los puestos de trabajo perdidos en ramas económicas declinantes no son sustituidos lo suficientemente rápido por empleos en las ramas que prosperan, particularmente en los servicios. Decisivas para la creación de mayor empleo son las inversiones. Por ello, para la UE tiene suma importancia atraer nuevamente inversionistas internacionales.

Pero también es necesario corregir otra percepción equivocada: la competencia de los países por los inversionistas no desemboca de ninguna manera en una competencia ruinosa.

Una política económica orientada a la oferta mejora en todos lados las condiciones para las inversiones. Por ello es válido que, aún cuando ningún país logre mejorar su posición en la competencia, porque también sus competidores aplican la misma política, todos los países se benefician de un clima más propicio para el crecimiento y el empleo.

Exagerada es también la tesis de que tiene lugar una ruinosa carrera hacia abajo en la aplicación de impuestos a las ganancias de las empresas y la consecuente pérdida de poder financiero y político del Estado.

En sus decisiones de inversión, las empresas nunca pierden de vista las contraprestaciones del Estado en forma de bienes públicos. Por ello, la competencia entre diversas plazas económicas no es automáticamente una competencia por quién tiene los menores impuestos.

De esa forma, el Estado es obligado a limitarse a sus tareas básicas de ordenamiento económico y creación de condiciones favorables para el desarrollo de las empresas. La integración agudiza la competencia dentro de la Unión Europea, porque el mercado interno y el euro permiten una mayor movilidad de los capitales. Los países europeos deberían asumir ofensivamente ese desafío y sacar provecho de la fuerza creativa que supone la competencia institucional.

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