Euro y dólar, en vísperas de reunirse el G-7

Ya en Davos, el financista George Sörös pronosticaba “euro firme o en alza” para casi todo el año. Ahora, ante de empezar la reunión del G-7, Wall Street también vislumbra un dólar débil, por varios motivos. Electorales, inclusive.

Este fin de semana, ministros económicos y banqueros centrales del Grupo de los Siete –Estados Unidos, Japón, Alemania, Gran Bretaña, Canadá, Francia e Italia- se reúnen en Florida. También habrá observadores rusos, chinos y de la Unión Europea.

Obviamente, los mercados están pendientes de cuanto el comunicado final del lunes diga, sugiera y hasta omita respecto de los problemas cambiarios en las economías centrales. Todos recuerdan que las conclusiones del encuentro anterior (Dubái, septiembre) iniciaron el traumático ascenso del euro: US$ 1,150 a 1,285 (+11,7%) en cuatro meses.

Entretanto, expertos no vinculados al mercado sostienen que el peor problema es europeo. Pero no reside en los efectos comerciales o financieros de un euro a US$ 1,30 (valor que Sörös, Morgan Stanley o Nomura esperan en corto plazo) o más.

“La señal más inquietante proviene de la demanda real en la Eurozona. Por un lado –explica un trabajo de BNP Pariba, París-, se ven promedios inflacionarios anuales superiores a 3% en varios de los doce adherentes a la moneda única. Pero, sin las excesivas facilidades que tienen los norteamericanos para endeudarse barato, los consumidores del área siguen reticentes”.

Un euro caro, pues, impedirá que la demanda promueva crecimiento real. Máxime con “una prematura ampliación de quince a 25 socios de la UE. Se trata, salvo pocas excepciones, de economías transicionales, poco desarrolladas. Así, Polonia es de base rural y su futuro peso político acentuará el actual descuido europeo respecto de Latinoamérica. También tenderá a mantener los subsidios agrícolas”.

El párrafo figura en dos borradores, elaborados a las calladas por técnicos del Banco Interamericano de Desarrollo y la Cepal. Por supuesto, no se convertirán en documentos públicos, por la creciente influencia de la banca privada estadounidense en ambas entidades.

Por el contrario, pese a algunas recientes estadísticas decepcionantes (ritmo anual del PBI, empleo, comercio exterior, triple déficit), EE.UU. es por hoy la única “locomotora”. Al menos, mientras la reactivación japonesa no se consolide y tome impulso. La segunda economía mundial, reflexiona Nomura “es la máxima tenedora de bonos federales norteamericanos. Su ahorro interno, unos US$ 11 billones, iguala al PBI de la primera economía, a su vez la más endeudada del planeta”.

En Japón, el desempleo roza 4%, en EE.UU. marca 5,7% pero, en la UE, algunos países superan 10%. Mientras tanto, lo más positivo que puede decirse de un dólar achicado es que, a valores constantes, tiende a disminuir el impacto de los déficit comercial, fiscal (US$ 521.000 millones en 2004) y de pagos externos (5,5 billones).

Por supuesto, el repunte japonés desorienta a los analistas escépticos. Como es habitual en esa economía, deriva más de exportaciones y liderazgo tecnológico o empresario que de la demanda interna. Al respecto, hay un detalle omitido por los expertos occidentales en management: el sector privado nipón no eleva ingresos vía eliminación de empleos, sino mediante mejoras en calidad y precios.

En lo tocante a China y más acá de dudas a mediano plazo o el “culto a Beijing” entre columnistas periféricos, la expansión de su PBI mantuvo hasta 2003 un ritmo prodigioso (8/9% anual. Pero su producción representa apenas 1% de la mundial. Además, sus características culturales, como en su momento las de Surcorea o Taiwán, sugieren que su eventual desarrollo se ajustará al modelo japonés aplicado desde 1873: austeridad, ahorro interno, exportación.

Ni siquiera el furor por dispositivos múltiples inteligentes o consolas tipo PlayStation3 llega a alterar cualitativamente los esquemas culturales y de consumo en el imperio. Esto irrita en escuelas de negocios y medios de comunicación occidentales, pero le ha permitido a Japón capear megacrisis como, por ejemplo, la II guerra mundial.

Todo lo anterior evidencia que, durante esta década al menos, sólo la Unión Europea –en realidad, Alemania- podría convertirse en “segunda locomotora”. Pese a sus problemas, el conjunto equivale a 80% del PBI norteamericano y a 70% del PBI por habitante. El segundo número correrá serio peligro cuando se formalice la ampliación regional.

Ahora bien ¿qué puede esperar del G-7 el sector privado europeo?. No mucho. Aunque, como señalaban Siemens, Volkswagen y la Bunderverband der Deutchen Industrie (BDI, la unión industrial germana), “el euro ha llegado a niveles peligros para muchas empresas, dentro o fuera de Alemania”.

Sin embargo, Wolfgang Clement –ministro federal de Economía que asistirá a la reunión en Florida- cree que “sería un error exagerar los impactos cambiarios. Es cierto: el euro ha subido casi 46% contra el dólar en el bienio 2002-3 y 11,7% entre septiembre y principios de enero. Pero el precio actual (US$ 1,24/26) sigue inferior al pico de 1,37, registrado a mediados de los 90, cuando aún no era moneda de circulación exclusiva”.

En similar vena, la consultora Oxford Economic Forecasting estima que, con un euro promediando UIS$ 1,28, este año la Eurozona puede crecer 1,7% en términos de PB regional a precios constantes. No es mucho pero, igual, sería lo mejor desde 2000.

Este fin de semana, ministros económicos y banqueros centrales del Grupo de los Siete –Estados Unidos, Japón, Alemania, Gran Bretaña, Canadá, Francia e Italia- se reúnen en Florida. También habrá observadores rusos, chinos y de la Unión Europea.

Obviamente, los mercados están pendientes de cuanto el comunicado final del lunes diga, sugiera y hasta omita respecto de los problemas cambiarios en las economías centrales. Todos recuerdan que las conclusiones del encuentro anterior (Dubái, septiembre) iniciaron el traumático ascenso del euro: US$ 1,150 a 1,285 (+11,7%) en cuatro meses.

Entretanto, expertos no vinculados al mercado sostienen que el peor problema es europeo. Pero no reside en los efectos comerciales o financieros de un euro a US$ 1,30 (valor que Sörös, Morgan Stanley o Nomura esperan en corto plazo) o más.

“La señal más inquietante proviene de la demanda real en la Eurozona. Por un lado –explica un trabajo de BNP Pariba, París-, se ven promedios inflacionarios anuales superiores a 3% en varios de los doce adherentes a la moneda única. Pero, sin las excesivas facilidades que tienen los norteamericanos para endeudarse barato, los consumidores del área siguen reticentes”.

Un euro caro, pues, impedirá que la demanda promueva crecimiento real. Máxime con “una prematura ampliación de quince a 25 socios de la UE. Se trata, salvo pocas excepciones, de economías transicionales, poco desarrolladas. Así, Polonia es de base rural y su futuro peso político acentuará el actual descuido europeo respecto de Latinoamérica. También tenderá a mantener los subsidios agrícolas”.

El párrafo figura en dos borradores, elaborados a las calladas por técnicos del Banco Interamericano de Desarrollo y la Cepal. Por supuesto, no se convertirán en documentos públicos, por la creciente influencia de la banca privada estadounidense en ambas entidades.

Por el contrario, pese a algunas recientes estadísticas decepcionantes (ritmo anual del PBI, empleo, comercio exterior, triple déficit), EE.UU. es por hoy la única “locomotora”. Al menos, mientras la reactivación japonesa no se consolide y tome impulso. La segunda economía mundial, reflexiona Nomura “es la máxima tenedora de bonos federales norteamericanos. Su ahorro interno, unos US$ 11 billones, iguala al PBI de la primera economía, a su vez la más endeudada del planeta”.

En Japón, el desempleo roza 4%, en EE.UU. marca 5,7% pero, en la UE, algunos países superan 10%. Mientras tanto, lo más positivo que puede decirse de un dólar achicado es que, a valores constantes, tiende a disminuir el impacto de los déficit comercial, fiscal (US$ 521.000 millones en 2004) y de pagos externos (5,5 billones).

Por supuesto, el repunte japonés desorienta a los analistas escépticos. Como es habitual en esa economía, deriva más de exportaciones y liderazgo tecnológico o empresario que de la demanda interna. Al respecto, hay un detalle omitido por los expertos occidentales en management: el sector privado nipón no eleva ingresos vía eliminación de empleos, sino mediante mejoras en calidad y precios.

En lo tocante a China y más acá de dudas a mediano plazo o el “culto a Beijing” entre columnistas periféricos, la expansión de su PBI mantuvo hasta 2003 un ritmo prodigioso (8/9% anual. Pero su producción representa apenas 1% de la mundial. Además, sus características culturales, como en su momento las de Surcorea o Taiwán, sugieren que su eventual desarrollo se ajustará al modelo japonés aplicado desde 1873: austeridad, ahorro interno, exportación.

Ni siquiera el furor por dispositivos múltiples inteligentes o consolas tipo PlayStation3 llega a alterar cualitativamente los esquemas culturales y de consumo en el imperio. Esto irrita en escuelas de negocios y medios de comunicación occidentales, pero le ha permitido a Japón capear megacrisis como, por ejemplo, la II guerra mundial.

Todo lo anterior evidencia que, durante esta década al menos, sólo la Unión Europea –en realidad, Alemania- podría convertirse en “segunda locomotora”. Pese a sus problemas, el conjunto equivale a 80% del PBI norteamericano y a 70% del PBI por habitante. El segundo número correrá serio peligro cuando se formalice la ampliación regional.

Ahora bien ¿qué puede esperar del G-7 el sector privado europeo?. No mucho. Aunque, como señalaban Siemens, Volkswagen y la Bunderverband der Deutchen Industrie (BDI, la unión industrial germana), “el euro ha llegado a niveles peligros para muchas empresas, dentro o fuera de Alemania”.

Sin embargo, Wolfgang Clement –ministro federal de Economía que asistirá a la reunión en Florida- cree que “sería un error exagerar los impactos cambiarios. Es cierto: el euro ha subido casi 46% contra el dólar en el bienio 2002-3 y 11,7% entre septiembre y principios de enero. Pero el precio actual (US$ 1,24/26) sigue inferior al pico de 1,37, registrado a mediados de los 90, cuando aún no era moneda de circulación exclusiva”.

En similar vena, la consultora Oxford Economic Forecasting estima que, con un euro promediando UIS$ 1,28, este año la Eurozona puede crecer 1,7% en términos de PB regional a precios constantes. No es mucho pero, igual, sería lo mejor desde 2000.

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