Elecciones 2004: alerta antiterrorista con fines electorales

Crecen las sospechas de que el gobierno de Geroge W.Bush manipula alertas vinculados a Al Qa’eda para captar votantes distraídos. El del domingo ni siquiera fue tomado en serio por Wall Street, un reducto oficialista.

4 agosto, 2004

Ese mismo día, Howard Dean irritó a varios capitostes de su propio partido, el demócrata, sugiriendo que el nuevo alerta naranja sobre ataques terroristas –esta vez contra Wall Street en Nueva York, el Fondo Monetario y el Banco Mundial en Washington- era otra maniobra electoralista del gobierno. Dos días después, se supo que el alerta carecía de fundamentos.

Dos influyentes diarios, el “New York Times” y el “Washington Post”, revelaron que la mayor parte de los datos esgrimidos por la secretaría de Seguridad Interna tenía tres años o más de antigüedad. Pero las cosas no acaban ahí.

Thomas Ridge, titular de la cartera y fundamentalista religios –como su jefe John Ashcroft, secretario de Justicia-, no se limitó a reunir la prensa para lanzar el alerta naranja. También se puso en contacto personalmente con jefes de redacción de los principales medios para que le concediesen extremada relevancia al anuncio.

El problema para Bush es que las encuestas siguen dándole la delantera en cuanto a acción antiterrorista, aunque John F.Kerry esté acortando distancias. Como es casi el único rubro donde lleva ventaja, el papelón de ahora puede serle dañino, porque afecta su imagen como líder fiable en caso de peligro real.

La reacción oportunista del presidente fue también desmedida: mientras se desinflaba el alerta, aprovechó un discurso de campaña para lanzar una propuesta de reforma en el sistema de inteligencia. Pero esa iniciativa se aparta de las recomendaciones de la comisión legislativa que investigó los ataques del 11 de septiembre de 2001. ¿Por qué? Porque, según el nuevo esquema de Bush, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y Defensa seguirían controlando 80% de los US$ 40.000 millones anuales asignado en el presupuesto federal a la red de inteligencia.

Precisamente la CIA y el Pentágono fueron muy castigados en el informe final de los congresistas, que eran mitad republicanos y mitad demócratas. Por supuesto, la campaña opositora aprovechó la volada, recordando la larga serie de argumentos falsos, partiendo de las “armas de destrucción masiva” y los nexos entre Saddam Huséim y Osama bin Laden como pretextos para invadir Irak.

Según anota la agencia noticiosa alemana, “la guerra deterioró tanto la confianza en los dichos de la Casa Blanca que, inclusive, datos sobre inteligencia terrorista sobre centros bursátiles –no sólo en Manhattan- no mejoran la imagen de Bush”. Cabe consignar, al respecto, que Wall Street misma no tomó en serio este alerta naranja hoy desactivado.

Ese mismo día, Howard Dean irritó a varios capitostes de su propio partido, el demócrata, sugiriendo que el nuevo alerta naranja sobre ataques terroristas –esta vez contra Wall Street en Nueva York, el Fondo Monetario y el Banco Mundial en Washington- era otra maniobra electoralista del gobierno. Dos días después, se supo que el alerta carecía de fundamentos.

Dos influyentes diarios, el “New York Times” y el “Washington Post”, revelaron que la mayor parte de los datos esgrimidos por la secretaría de Seguridad Interna tenía tres años o más de antigüedad. Pero las cosas no acaban ahí.

Thomas Ridge, titular de la cartera y fundamentalista religios –como su jefe John Ashcroft, secretario de Justicia-, no se limitó a reunir la prensa para lanzar el alerta naranja. También se puso en contacto personalmente con jefes de redacción de los principales medios para que le concediesen extremada relevancia al anuncio.

El problema para Bush es que las encuestas siguen dándole la delantera en cuanto a acción antiterrorista, aunque John F.Kerry esté acortando distancias. Como es casi el único rubro donde lleva ventaja, el papelón de ahora puede serle dañino, porque afecta su imagen como líder fiable en caso de peligro real.

La reacción oportunista del presidente fue también desmedida: mientras se desinflaba el alerta, aprovechó un discurso de campaña para lanzar una propuesta de reforma en el sistema de inteligencia. Pero esa iniciativa se aparta de las recomendaciones de la comisión legislativa que investigó los ataques del 11 de septiembre de 2001. ¿Por qué? Porque, según el nuevo esquema de Bush, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y Defensa seguirían controlando 80% de los US$ 40.000 millones anuales asignado en el presupuesto federal a la red de inteligencia.

Precisamente la CIA y el Pentágono fueron muy castigados en el informe final de los congresistas, que eran mitad republicanos y mitad demócratas. Por supuesto, la campaña opositora aprovechó la volada, recordando la larga serie de argumentos falsos, partiendo de las “armas de destrucción masiva” y los nexos entre Saddam Huséim y Osama bin Laden como pretextos para invadir Irak.

Según anota la agencia noticiosa alemana, “la guerra deterioró tanto la confianza en los dichos de la Casa Blanca que, inclusive, datos sobre inteligencia terrorista sobre centros bursátiles –no sólo en Manhattan- no mejoran la imagen de Bush”. Cabe consignar, al respecto, que Wall Street misma no tomó en serio este alerta naranja hoy desactivado.

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