EE.UU. espera otro ensayo y Norcorea desafía al mundo

Pyongyang denunció las sanciones de Naciones Unidos como “declaración de hostilidades”. Tras cambiar de opinión y confirmar los ensayos del 8, Estados Unidos teme otra tanta de pruebas subterráneas.

17 octubre, 2006

En abierto desafío a medidas tomadas por el consejo de seguridad y apoyadas hasta por China, su último aliado (que está bloqueando los pasos del río Yalú, en la frontera con Manchuria), Norcorea parece dispuesta a proseguir con los ensayos atómicos bajo tierra. Al menos por ahora, no hay señales de ataques al exterior.

Las señales desde Pyongyang subrayan una negra posibilidad y el cruel final del dictador rumano Nicolae Ceausesul, en 1989, figura entre las posibilidades barajadas en Beijing. Según medios franceses e italianos, también en Moscú y Washington. Sea como fuere, Kim Il-jomg, su entorno y sus rivales internos creen que esa salida es promovida esencialmente por China. Su objeto no es que Norcorea se convierta en una democracia –siquiera una tan dudosa como la rumana-, sino recobrarla como cliente geopolítico, sin las extravagancias atómicas del “régimen ermitaño”.

A tal punto cunde esa impresión en Pyongyang, que se han secuestrado –para uso oficial exclusivo- imágenes y textos sobre caída y muerte de Ceausescu, su esposa Elena y el vicepresidente. Por de pronto, dos cronistas de historia norteamericana (el liberal Jasper Becker, el conservador Robert Kaplan) están seguros de que Kim teme un fin parecido al de Ceausescu: perecer en manos de su guardia pretoriana.

Como la Rumania de 1989, Norcorea es una monarquía fascista disfrazada de república socialista. Pero, a diferencia de Ceausescu (que había abandonado la alianza con la URSS para acercarse a la Unión Europea), Kim está al margen del mundo y sus relaciones con China son inestables. Por eso, Beijing quisiera una Norcorea fiable, prochina y, claro, sin Kim ni sus socios (inclusive traficantes de drogas y armas).

Hace diecisiete años, en efecto, una manifestación opositora de húngaros étnicos en Timoþoara (Temesvar en magyar), el 22 de diciembre, copa el palacio del dictador. Irónicamente, durante un contramitín pro gobierno. Ceausescu huye con su mujer en helicóptero a Targoviste. Entretanto, sus pretores –sublevados- lo entregan a una corte marcial. En horas, ejecutan el matrimonio a tiros (alguien recordaría el fin de Benito Mussolini y Clara Petacci).

El régimen norcoreano tiene sus propios visos crueles, parecidos a los del III Reich o a la ocupación japonesa de Asia oriental en 1932/44. Por ejemplo, a Kim se lo ha acusado de eliminar niños recién nacidos con defectos físicos o hacer abortar con “fetos impuros”.

Como el régimen de Adolf Hitler, el norcoreano propende a “la pureza étnica” y a extenderla a toda la península. Existen al menos tres centros de confinamiento (Sinuju, Onsong, Chongin) donde “hijos de traidores” se dejan morir de inanición en canastas, a la vista de sus madres. Resulta llamativos que Estados Unidos y la Unión Europea no hayan denunciado esto. Igual que el II Reich, el concepto de pureza racial es un dislate: el ADN coreano se vincula al chino, el japonés y el manchú (también al de indios americanos), tanto como el alemán a latinos, eslavos, judíos ashq’nazim, celtas, etc.

En abierto desafío a medidas tomadas por el consejo de seguridad y apoyadas hasta por China, su último aliado (que está bloqueando los pasos del río Yalú, en la frontera con Manchuria), Norcorea parece dispuesta a proseguir con los ensayos atómicos bajo tierra. Al menos por ahora, no hay señales de ataques al exterior.

Las señales desde Pyongyang subrayan una negra posibilidad y el cruel final del dictador rumano Nicolae Ceausesul, en 1989, figura entre las posibilidades barajadas en Beijing. Según medios franceses e italianos, también en Moscú y Washington. Sea como fuere, Kim Il-jomg, su entorno y sus rivales internos creen que esa salida es promovida esencialmente por China. Su objeto no es que Norcorea se convierta en una democracia –siquiera una tan dudosa como la rumana-, sino recobrarla como cliente geopolítico, sin las extravagancias atómicas del “régimen ermitaño”.

A tal punto cunde esa impresión en Pyongyang, que se han secuestrado –para uso oficial exclusivo- imágenes y textos sobre caída y muerte de Ceausescu, su esposa Elena y el vicepresidente. Por de pronto, dos cronistas de historia norteamericana (el liberal Jasper Becker, el conservador Robert Kaplan) están seguros de que Kim teme un fin parecido al de Ceausescu: perecer en manos de su guardia pretoriana.

Como la Rumania de 1989, Norcorea es una monarquía fascista disfrazada de república socialista. Pero, a diferencia de Ceausescu (que había abandonado la alianza con la URSS para acercarse a la Unión Europea), Kim está al margen del mundo y sus relaciones con China son inestables. Por eso, Beijing quisiera una Norcorea fiable, prochina y, claro, sin Kim ni sus socios (inclusive traficantes de drogas y armas).

Hace diecisiete años, en efecto, una manifestación opositora de húngaros étnicos en Timoþoara (Temesvar en magyar), el 22 de diciembre, copa el palacio del dictador. Irónicamente, durante un contramitín pro gobierno. Ceausescu huye con su mujer en helicóptero a Targoviste. Entretanto, sus pretores –sublevados- lo entregan a una corte marcial. En horas, ejecutan el matrimonio a tiros (alguien recordaría el fin de Benito Mussolini y Clara Petacci).

El régimen norcoreano tiene sus propios visos crueles, parecidos a los del III Reich o a la ocupación japonesa de Asia oriental en 1932/44. Por ejemplo, a Kim se lo ha acusado de eliminar niños recién nacidos con defectos físicos o hacer abortar con “fetos impuros”.

Como el régimen de Adolf Hitler, el norcoreano propende a “la pureza étnica” y a extenderla a toda la península. Existen al menos tres centros de confinamiento (Sinuju, Onsong, Chongin) donde “hijos de traidores” se dejan morir de inanición en canastas, a la vista de sus madres. Resulta llamativos que Estados Unidos y la Unión Europea no hayan denunciado esto. Igual que el II Reich, el concepto de pureza racial es un dislate: el ADN coreano se vincula al chino, el japonés y el manchú (también al de indios americanos), tanto como el alemán a latinos, eslavos, judíos ashq’nazim, celtas, etc.

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