China, ¿está bien o está mal?

Las noticias recientes son indicios que cada bando – pesimistas y optimistas- toman de manera distinta, Entre noviembre, diciembre y enero, salieron de China un promedio de US$ 100 mil millones mensuales. En cambio, en febrero, la pérdida de divisas fue de US$ 29 mil millones.

Puede entenderse que el gobierno le está doblando el brazo a los especuladores contra el yuan. O también que es solo un respiro que cobrará nuevo impulso en marzo.

El gobierno continúa sosteniendo que el el crecimiento de la economía durante este año será de entre 6,5 y 7% (tal vez menos que la cifra oficial de 6,9% para todo 2015).

Lo cierto en todo caso, es que el nivel de reservas en divisas extranjeras en el Banco Central de China es el más bajo desde mayo de 2012, ya que desde entonces se vio obligado a vender dólares para respaldar el valor de la propia moneda y detener la huída de capitales. Parte del temor a un deterioro en el valor del renminbi explica la oleada de compras de empresas extranjeras en el exterior -Europa en especial- de valor estratégico, pero que a la par permitan mantener activos valiosos al margen de los vaivenes externos.

 

Argumentos pesimistas

 

Para muchos analistas económicos y financieros internacionales hay una certeza: Beijing ya no tiene la economía bajo control. Es evidente que se han acumulado – de modo impresionante- deudas impagables. Hay una población que envejece velozmente a la que habrá que atender de algún modo. Cada día hay más dudas sobre las estadísticas oficiales. Las numerosas y enormes empresas estatales son a todo efecto ineficientes. Comienzan a advertirse signos de inquietud y malestar laboral.

Es cierto que ese es el mismo panorama de los últimos años y de que a pesar de los pronósticos sobre “colapso inminente” de la economía china, nada de eso ha ocurrido.

Pero el en el último semestre el desacierto o la incompetencia del gobierno para poner orden en los mercados bursátiles chinos que transmitieron sus temblores al resto del mundo, más la constante depreciación de la moneda local han debilitado la fe de inversionistas extranjeros – y parece que también la de muchos locales-.

En la reunión de Davos, en enero, nada menos que George Soros anunció un aterrizaje forzoso de la economía china, un gurú que pocas veces se equivoca.

Los datos concretos son que el valor de los mercados de capitales cayó de modo abrupto en junio pasado. El gobierno debió inyectar el equivalente de US$ 1 billón (millón de millones en español) para estabilizar el mercado e intervino para regularlo, cuando antes había prometido su liberación total. Luego en agosto, produjo la devaluación del yen más importante de los últimos 20 años, para seguir alineado con el dólar.

Por fin a principios de este año, otra vez tambalearon los mercados bursátiles.

La prudencia se ha convertido en regla entre todos quienes operan, de una u otra manera, con China. Esperan más malas noticias para el resto del año.

 

La versión optimista

 

La contraargumentación corre por cuenta official, en este caso actúa como vocero Li Kequiang, Primer Ministro del país.

Según su versión, este es un año de reformas, de apertura y de cooperación internacional, para la economía del país.

El relato oficial sigue estas líneas: una economía de US$ 10 billones, no puede tener una dependencia excesiva de las exportaciones, como había ocurrido durante los últimos años. Según la versión oficial, las devaluaciones no tienen sentido competitivo ni pretenden impulsar una guerra de divisas. Tampoco se ha recurrido al instrumento del quantitative easing, mecanismo de inyección de dinero en el mercado para estimular la demanda (una afirmación que parece ser la más controversial para todos los observadores).

Lo que se ha elegido, dice el Primer Ministro, es la reforma estructural: modificaciones importantes en el funcionamiento del mercado, acelerar la transición hacia un modelo sustentable con foco en la innovación y consumo. Tanto el empleo, como los niveles de ingreso, y el cuidado del ambiente están al tope de la lista de prioridades.

En esencia, el gobierno dice perseguir el desarrollo de la capacidad de emprender, y lograr la adecuada provision de bienes y servicios públicos que se traduzcan en una demanda más fuerte y en major calidad de vida de la población.

Según Li Kequiang, ya se advierten resultados positivos. El sector servicios –responsible de 50% del PBI- está ampliando su ventaja sobre el sector industrial.

Todos los días se habilita a 10.000 nuevos negocios; hay una fuerte presencia de empresas tecnológicas, muchas con nuevos modelos de negocios que amplían el horizonte de manera inimaginable. Se están creando 10 millones de empleos nuevos por año. El consumo, es ya responsible de 60% del crecimiento anual. En suma, en forma más moderada que en el pasado, la economía china – sostiene el alto funcionario- se está moviendo en la dirección correcta: más demanda interna y más innovación.

 

Finalmente, tenemos a “la tercera posición”. No creen todo lo que dice Beijing, pero tampoco a la mayoría de las críticas.

En general sostienen que dentro de China hay una multiplicidad de subeconomías, cada una de las cuales tiene un tamaño de US$ 1 billón. No a todas las va bien o mal a la vez. Hay que ver caso por caso.

Algunas están en declinación, otras estancadas, pero hay otras en pleno boom o dando los pasos correctos para ser actores de primera magnitud.

Las opiniones a favor y en contra, suelen depender de en qué sector de la economía opere el observador. Por eso –dicen- la multiplicidad de opiniones.

 

 

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