Antrax: la prioridad es combatir el pánico

Expertos argentinos e internacionales coinciden en que el bioterrorismo no está capacitado para efectuar una matanza masiva, pero en cambio produce psicosis, pánico y afecta severamente la economía.

22 octubre, 2001

(NA). – El temido ántrax aún no ha causado víctimas en la Argentina, pero produjo alarma e inseguridad en la población, uno de los objetivos del bioterrorismo mundial, y obligó a replantear presupuestos a nivel nacional y provinciales en materia de salud, si bien la prioridad es combatir el pánico.

Afectar un kilómetro cuadrado con armas convencionales cuesta $ 2.000, con armas nucleares 800, con armas químicas 600 y con armas biológicas solo $ 1, según el análisis contenido en el libro “Guerra biológica y bioterrorismo”, publicado por la Universidad Nacional de Quilmes.

Su autor, Martín Lema, tiene 26 años y es licenciado en biotecnología, docente en las cátedras de Biotecnología Vegetal y Elementos de Higiene y Seguridad.

Lema coincide con otros expertos argentinos e internacionales respecto de que el bioterrorismo no está capacitado para efectuar una matanza masiva, pero en cambio produce psicosis, pánico y afecta severamente la economía.

El pánico no se ha desatado en Argentina, a pesar de que sólo en esta capital en dos días las denuncias por la presencia de sobres sospechosos de esporas de ántrax treparon de 100 a casi 600, desde que el ministro de Salud, Héctor Lombardo, confirmara el viernes la existencia de la bacteria en una carta llegada de Estados Unidos.

Lema recuerda que el bajo costo de la utilización de armas biológicas las lleva a ser conocida como “armas nucleares de los pobres”, y que el cultivo de ántrax o carbunco –una bacteria tan vieja como el hombre porque data de la prehistoria– puede realizarse en una habitación de 25 metros cuadrados.

El especialista considera que las armas biológicas rústicas “son fáciles de construir, y que además del cuarto para trabajar sólo son necesarios “un pequeño fermentador del tipo que podría utilizarse para fabricar cerveza casera, una máscara antiguas y un poco de temeridad”.

“Los conocimientos para hacerlo son los que se adquieren los cursos básicos de microbiología más alguna consulta extra en una biblioteca universitaria, pero si el bioterrrorista autodidacta no tuviera mucha inspiración, en Internet existen sitios que describen con suficiente detalle cómo cultivar ántrax o purificar la toxina botulínica”, agregó.

Los expertos coinciden en que las formas básicas de protección contra las armas biológicas son una combinación de medidas de difusión, alerta médica y trabajos de biodetección. La forma de combatir los agentes biológicos, según la clasificación de Lema, se divide en los que se pueden administrar al individuo que sufre una infección –antibióticos y antivirales– y las vacunas y sueros con anticuerpos que se aplican como medida preventiva ante una posible infección inmune.

Hasta el momento, lo más novedoso para prevenir el ántrax, que en rigor ha causado en esta ola de ataques terroristas una sola muerte en Miami, se encuentra en la fase de investigación por parte de científicos de la Ohio State University.

En esa universidad norteamericana recién han conseguido inmunizar ratones contra esta enfermedad inyectándoles fragmentos de ADN procedentes de la bacteria del ántrax, pero aún no se realizaron pruebas con humanos.

El ántrax es una enfermedad letal si no se detecta poco después de la exposición a sus esporas. Los antibióticos sólo son efectivos contra ellas si se suministran rápidamente, antes de que se desarrollen los síntomas.

Por lo tanto, la lucha está destinada a producir una vacuna que produzca una inmunización tal que dure un año después de un hipotético ataque con aerosoles que contengan la bacteria, y que la difundiría rápidamente.

El peligro de un ataque bioterrorista masivo aún no ha salido de los papeles de los científicos, pero la existencia de un método o intento en este sentido no es descartable.

Lema explica que “la clave y el mayor problema para utilizar las esporas de ántrax en la fabricación de un arma biológica es prepararlas en partículas de un tamaño adecuado para su correcta dispersión”.

“Una preparación típica podría contener 10 millones de millones de esporas por kilogramo, que podrían dispersarse en un volumen de un millón de metros cúbicos de aire a una concentración suficiente para infectar a una persona que respirase ese aire durante 20 segundos”, analiza.

El ántrax, según la investigación, parece haber sido tratado en laboratorios para la guerra biológica para convertirlo en una bacteria altamente resistente y de muy bajo costo de producción, y por lo tanto un agente temido.

La primera vacuna fue desarrollada en 1881 por Luis Pasteur, destinada a prevenir esta enfermedad que puede producirse por inhalación, ingestión de esporas o la exposición de pequeñas heridas en la piel, pero las dos últimas variantes no son tan mortales como el contagio por aire.

Los especialistas también están de acuerdo, como lo explicó el experto Juan Coiro, que la guerra bacteriológica está destinada a causar pánico entre la población, amedrentarla, y a producir una baja de la economía.

Sin embargo, nadie se ha adjudicado aún la autoría de la siembra de correspondencia con ántrax, y en el gobierno norteamericano algunas voces como las del fiscal general John
Aschcroft y del secretario de Salud Tommy Thophson se pronunciaron por la probable existencia de terroristas nacionales, y “grupos de odio” antiamericanos en su propio país.

El miedo por desconocimiento de las formas de prevención y sobre los alcances del peligro afectan a todos por igual. Por ejemplo, el diario The New York Times debió explicar en su portada que “el papel de diario no puede portar” el ántrax, ante consultas en ese sentido ya que uno de sus empleados fue afectado por la bacteria.

Los presupuestos de salud, incluso en nuestro país tuvieron que ser replanteados, mientras que el peligro bacteriológico que se combate con antibióticos coloca en el horizonte beneficios para algunos laboratorios, como Bayer, que este año tuvo una enorme pérdida económica ya que debió retirar del mercado el Lipobay, uno de los medicamentos más vendidos, porque causó la muerte de unas 50 personas.

(NA). – El temido ántrax aún no ha causado víctimas en la Argentina, pero produjo alarma e inseguridad en la población, uno de los objetivos del bioterrorismo mundial, y obligó a replantear presupuestos a nivel nacional y provinciales en materia de salud, si bien la prioridad es combatir el pánico.

Afectar un kilómetro cuadrado con armas convencionales cuesta $ 2.000, con armas nucleares 800, con armas químicas 600 y con armas biológicas solo $ 1, según el análisis contenido en el libro “Guerra biológica y bioterrorismo”, publicado por la Universidad Nacional de Quilmes.

Su autor, Martín Lema, tiene 26 años y es licenciado en biotecnología, docente en las cátedras de Biotecnología Vegetal y Elementos de Higiene y Seguridad.

Lema coincide con otros expertos argentinos e internacionales respecto de que el bioterrorismo no está capacitado para efectuar una matanza masiva, pero en cambio produce psicosis, pánico y afecta severamente la economía.

El pánico no se ha desatado en Argentina, a pesar de que sólo en esta capital en dos días las denuncias por la presencia de sobres sospechosos de esporas de ántrax treparon de 100 a casi 600, desde que el ministro de Salud, Héctor Lombardo, confirmara el viernes la existencia de la bacteria en una carta llegada de Estados Unidos.

Lema recuerda que el bajo costo de la utilización de armas biológicas las lleva a ser conocida como “armas nucleares de los pobres”, y que el cultivo de ántrax o carbunco –una bacteria tan vieja como el hombre porque data de la prehistoria– puede realizarse en una habitación de 25 metros cuadrados.

El especialista considera que las armas biológicas rústicas “son fáciles de construir, y que además del cuarto para trabajar sólo son necesarios “un pequeño fermentador del tipo que podría utilizarse para fabricar cerveza casera, una máscara antiguas y un poco de temeridad”.

“Los conocimientos para hacerlo son los que se adquieren los cursos básicos de microbiología más alguna consulta extra en una biblioteca universitaria, pero si el bioterrrorista autodidacta no tuviera mucha inspiración, en Internet existen sitios que describen con suficiente detalle cómo cultivar ántrax o purificar la toxina botulínica”, agregó.

Los expertos coinciden en que las formas básicas de protección contra las armas biológicas son una combinación de medidas de difusión, alerta médica y trabajos de biodetección. La forma de combatir los agentes biológicos, según la clasificación de Lema, se divide en los que se pueden administrar al individuo que sufre una infección –antibióticos y antivirales– y las vacunas y sueros con anticuerpos que se aplican como medida preventiva ante una posible infección inmune.

Hasta el momento, lo más novedoso para prevenir el ántrax, que en rigor ha causado en esta ola de ataques terroristas una sola muerte en Miami, se encuentra en la fase de investigación por parte de científicos de la Ohio State University.

En esa universidad norteamericana recién han conseguido inmunizar ratones contra esta enfermedad inyectándoles fragmentos de ADN procedentes de la bacteria del ántrax, pero aún no se realizaron pruebas con humanos.

El ántrax es una enfermedad letal si no se detecta poco después de la exposición a sus esporas. Los antibióticos sólo son efectivos contra ellas si se suministran rápidamente, antes de que se desarrollen los síntomas.

Por lo tanto, la lucha está destinada a producir una vacuna que produzca una inmunización tal que dure un año después de un hipotético ataque con aerosoles que contengan la bacteria, y que la difundiría rápidamente.

El peligro de un ataque bioterrorista masivo aún no ha salido de los papeles de los científicos, pero la existencia de un método o intento en este sentido no es descartable.

Lema explica que “la clave y el mayor problema para utilizar las esporas de ántrax en la fabricación de un arma biológica es prepararlas en partículas de un tamaño adecuado para su correcta dispersión”.

“Una preparación típica podría contener 10 millones de millones de esporas por kilogramo, que podrían dispersarse en un volumen de un millón de metros cúbicos de aire a una concentración suficiente para infectar a una persona que respirase ese aire durante 20 segundos”, analiza.

El ántrax, según la investigación, parece haber sido tratado en laboratorios para la guerra biológica para convertirlo en una bacteria altamente resistente y de muy bajo costo de producción, y por lo tanto un agente temido.

La primera vacuna fue desarrollada en 1881 por Luis Pasteur, destinada a prevenir esta enfermedad que puede producirse por inhalación, ingestión de esporas o la exposición de pequeñas heridas en la piel, pero las dos últimas variantes no son tan mortales como el contagio por aire.

Los especialistas también están de acuerdo, como lo explicó el experto Juan Coiro, que la guerra bacteriológica está destinada a causar pánico entre la población, amedrentarla, y a producir una baja de la economía.

Sin embargo, nadie se ha adjudicado aún la autoría de la siembra de correspondencia con ántrax, y en el gobierno norteamericano algunas voces como las del fiscal general John
Aschcroft y del secretario de Salud Tommy Thophson se pronunciaron por la probable existencia de terroristas nacionales, y “grupos de odio” antiamericanos en su propio país.

El miedo por desconocimiento de las formas de prevención y sobre los alcances del peligro afectan a todos por igual. Por ejemplo, el diario The New York Times debió explicar en su portada que “el papel de diario no puede portar” el ántrax, ante consultas en ese sentido ya que uno de sus empleados fue afectado por la bacteria.

Los presupuestos de salud, incluso en nuestro país tuvieron que ser replanteados, mientras que el peligro bacteriológico que se combate con antibióticos coloca en el horizonte beneficios para algunos laboratorios, como Bayer, que este año tuvo una enorme pérdida económica ya que debió retirar del mercado el Lipobay, uno de los medicamentos más vendidos, porque causó la muerte de unas 50 personas.

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