Alto voltaje entre Cuba y la Argentina

Fidel Castro no se retractó de su ataque contra el gobierno argentino, sino que su embajador utilizó un estilo insólito para las normas diplomáticas. Alvarez y Alfonsín lo cuestionan, pero apoyan la abstención.

10 febrero, 2001

Con tono vehemente y de arenga, impropio del estilo diplomático, el embajador de Cuba, Alejandro González Galiano, denunció una conjura de la Cancillería argentina para repetir en las Naciones Unidas en abril el voto del año pasado contra la política de derechos humanos del gobierno de ese país caribeño.

Calificó esa eventualidad de “puñalada por la espalda” y sostuvo que se “está fraguando una nueva traición animada por el canciller Adalberto Rodríguez Giavarini.

El comandante Castro había calificado al Gobierno de “lamebotas” de Estados Unidos, en el curso de un maratónjco discurso de seis horas pronunciado la semana pasada en un encuentro internacional contra la globalización, realizado en La Habana.

Aunque Raúl Alfonsín y Carlos Alvarez coincidieron en que Castro había cometido una ofensa contra la Argentina, reclamaron sangre fría del gobierno nacional para que ese exabrupto no incida en la votación en la ONU.

El líder del radicalismo alegó que la posición argentina debe ser debatida previamente en el seno de la alianza y sostuvo que “el disgusto que causó la escalada verbal de Fidel Castro no debe incidir en el análisis del voto, que debe atenerse a “nuestras convicciones y a nuestros principios”.

Alvarez, por su parte, dijo que el Gobierno debe “romper la idea de obsecuencia, de seguimiento automático de los Estados Unidos”, y reclamó un voto común de los países del Mercosur.

De la Rúa instruyó a sus colaboradores para que el litigio sea tratado exclusivamente por vía del ministerio de Relaciones Exteriores, con el probable propósito de quitarle cargas vinculadas a la política interna de la coalición gobernante.

Rodríguez Giavarini, en momentos en que regresaba al país desde Estados Unidos, dispuso la permanencia en el país por tiempo indeterminado, del embajador en La Habana, medida que en el ámbito diplomático suele tomarse como una advertencia de que el próximo paso puede ser la ruptura de relaciones.

Con tono vehemente y de arenga, impropio del estilo diplomático, el embajador de Cuba, Alejandro González Galiano, denunció una conjura de la Cancillería argentina para repetir en las Naciones Unidas en abril el voto del año pasado contra la política de derechos humanos del gobierno de ese país caribeño.

Calificó esa eventualidad de “puñalada por la espalda” y sostuvo que se “está fraguando una nueva traición animada por el canciller Adalberto Rodríguez Giavarini.

El comandante Castro había calificado al Gobierno de “lamebotas” de Estados Unidos, en el curso de un maratónjco discurso de seis horas pronunciado la semana pasada en un encuentro internacional contra la globalización, realizado en La Habana.

Aunque Raúl Alfonsín y Carlos Alvarez coincidieron en que Castro había cometido una ofensa contra la Argentina, reclamaron sangre fría del gobierno nacional para que ese exabrupto no incida en la votación en la ONU.

El líder del radicalismo alegó que la posición argentina debe ser debatida previamente en el seno de la alianza y sostuvo que “el disgusto que causó la escalada verbal de Fidel Castro no debe incidir en el análisis del voto, que debe atenerse a “nuestras convicciones y a nuestros principios”.

Alvarez, por su parte, dijo que el Gobierno debe “romper la idea de obsecuencia, de seguimiento automático de los Estados Unidos”, y reclamó un voto común de los países del Mercosur.

De la Rúa instruyó a sus colaboradores para que el litigio sea tratado exclusivamente por vía del ministerio de Relaciones Exteriores, con el probable propósito de quitarle cargas vinculadas a la política interna de la coalición gobernante.

Rodríguez Giavarini, en momentos en que regresaba al país desde Estados Unidos, dispuso la permanencia en el país por tiempo indeterminado, del embajador en La Habana, medida que en el ámbito diplomático suele tomarse como una advertencia de que el próximo paso puede ser la ruptura de relaciones.

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