Ahora, Rusia aspira a los hidrocarburos de medio Ãrtico

Con el pretexto de expediciones científicas, Moscú intentará controlar una vasta zonas que encubre enormes reservas de crudos y gas natural. Esto creará problemas con el resto de los países que rodean el polo norte.

2 agosto, 2007

En realidad, el 31 de julio llegó a la zona un primer destacamento. Su cometido es abiertamente político: plantar en el fondo del océano circumpolar una bandera rusa. También proyecta cateos submarinos en pos de yacimientos de petróleo y gas. Se trata de un desafío abierto a Estados Unidos, Canadá, Dinamarca (vía Groenlandia) y Noruega (vía el archipiélado de Svalbard o Spitzbergen.

El objeto “científico” de Moscú es diáfano: demostrar que gran parte del Ártico es prolongación de la plataforma epicontinental rusa. Vale decir, los mares de Chuckchi, Siberia oriental, Láptyev y Bárents esconden montañas que alcanzan el casquete polar. Así lo prueban archipiélagos como Nueva Siberia, Nicolás II, Nueva Zyemlia y Francisco José II.

No obstante, reivindicar una porción más amplia del océano Ártico implica jurisdicción sobre reservas superiores a 12.000 millones de toneladas en términos de crudos. El primer país afectado es Noruega, que se proyecta al polo vía Svalbard, islas del Oso y de Jan Mayen. Dinamarca (miembro de la Unión Europea) tiene derechos a través de Groenlandia, cuyo extremo –sobre el mar de Lincoln, sigue siendo el punto más cercano al polo norte. A su vez, Canadá controla el resto del enorme archipiélago ártico (mar de Beaufort). Finalmente, EE.UU. toca esas aguas vía Alaska, en sí un área de grandes reservas.

Hasta el momento, Rusia pretende una faja de 1.200.000 km2, coincidente con la cadena submarina de Lomonósov, que alcanza picos de 3.500 metros sobre el lecho marino; o sea, parte de las islas mencionadas. Esa cordillera roza el casquete polar entre los meridianos 0 y 180º este. En síntesis, la mitad del planeta encima del círculo polar ártico. Existe un inconveniente: en 2002, las Naciones Unidas rechazaron esas aspiraciones, planteadas ya por la ex Unión Soviética en 1997. En otro plano, la explotación petrolera circumpolar implica severos riesgos ecológicos, como se ha visto ya en Alaska.

En realidad, el 31 de julio llegó a la zona un primer destacamento. Su cometido es abiertamente político: plantar en el fondo del océano circumpolar una bandera rusa. También proyecta cateos submarinos en pos de yacimientos de petróleo y gas. Se trata de un desafío abierto a Estados Unidos, Canadá, Dinamarca (vía Groenlandia) y Noruega (vía el archipiélado de Svalbard o Spitzbergen.

El objeto “científico” de Moscú es diáfano: demostrar que gran parte del Ártico es prolongación de la plataforma epicontinental rusa. Vale decir, los mares de Chuckchi, Siberia oriental, Láptyev y Bárents esconden montañas que alcanzan el casquete polar. Así lo prueban archipiélagos como Nueva Siberia, Nicolás II, Nueva Zyemlia y Francisco José II.

No obstante, reivindicar una porción más amplia del océano Ártico implica jurisdicción sobre reservas superiores a 12.000 millones de toneladas en términos de crudos. El primer país afectado es Noruega, que se proyecta al polo vía Svalbard, islas del Oso y de Jan Mayen. Dinamarca (miembro de la Unión Europea) tiene derechos a través de Groenlandia, cuyo extremo –sobre el mar de Lincoln, sigue siendo el punto más cercano al polo norte. A su vez, Canadá controla el resto del enorme archipiélago ártico (mar de Beaufort). Finalmente, EE.UU. toca esas aguas vía Alaska, en sí un área de grandes reservas.

Hasta el momento, Rusia pretende una faja de 1.200.000 km2, coincidente con la cadena submarina de Lomonósov, que alcanza picos de 3.500 metros sobre el lecho marino; o sea, parte de las islas mencionadas. Esa cordillera roza el casquete polar entre los meridianos 0 y 180º este. En síntesis, la mitad del planeta encima del círculo polar ártico. Existe un inconveniente: en 2002, las Naciones Unidas rechazaron esas aspiraciones, planteadas ya por la ex Unión Soviética en 1997. En otro plano, la explotación petrolera circumpolar implica severos riesgos ecológicos, como se ha visto ya en Alaska.

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