2 de cada 3 mujeres pobres no trabajan

El Día de la Mujer motiva a reflexionar sobre la discriminación laboral femenina. La baja inserción laboral alcanza a las integrantes de los hogares más pobres desde el punto de vista del progreso social, según Idesa.

Las familias y a la sociedad están privadas por la discriminación laboral femenina de una fuente de generación de riqueza que las somete a la dependencia del varón y del aparato asistencialista.

 

Para revertir el fenómeno es imprescindible modernizar las instituciones educativas, laborales y asistenciales y romper con atávicas barreras culturales, concluye el Instituto de Desarrollo Económico y Social Argentino en su boletín número 590.

      

La principal fuente de progreso individual y social es el trabajo productivo. Por ello, la baja tasa de empleo femenino constituye un obstáculo al desarrollo. Menos mujeres trabajando reducen el crecimiento económico, ya que implica que hay recursos humanos disponibles que no desarrollan su potencialidad, cercena una fuente de ingresos en los hogares, limita la calidad de la convivencia familiar y no ayuda a mejorar la educación de los hijos.

 

Por el contrario, cuando las mujeres trabajan, además de aportar al crecimiento económico, se disipa la dependencia del varón y se genera un mejor clima familiar.

No es casualidad que en los países desarrollados las tasas de participación laboral de la mujer sean similares a las de los varones.

 

Aun considerando países de desarrollo reciente –como podrían ser Australia, Nueva Zelanda o Israel– las tasas de empleo masculinas oscilan en alrededor del 75%, mientras que las tasas femeninas se ubican en el entorno del 65% de la población en edad de trabajar.

 

En la Argentina, en cambio, mientras que la tasa de empleo masculina es del 76%, apenas la mitad de las mujeres en edad activa trabajan.

 

Para indagar en las razones de la baja tasa de empleo femenino sirve observar las diferencias por estratos de ingreso.

 

Según datos del INDEC, en la Argentina se observa que:

 

  • La tasa promedio de empleo femenino es de 52% de las mujeres en edad de trabajar.
  • Entre los hogares que corresponden al 10% de mayores niveles de ingresos, la tasa de empleo femenino asciende al 86% de las mujeres en edad de trabajar.
  • Entre los hogares del 30% de menores niveles de ingresos, la tasa de empleo femenino desciende al 34% de las mujeres en edad de trabajar.

 

Estos datos muestran que, mientras casi todas las mujeres de los segmentos de mayores niveles de ingresos en edad de trabajar tienen empleo, entre los hogares de menores ingresos prácticamente 2 de cada 3 mujeres pobres no trabaja.

 

Si se asume que la baja tasa de empleo femenino es una de las formas de discriminación de género, es evidente que su intensidad y consecuencias son diferentes entre niveles socioeconómicos.

 

Desde esta perspectiva, el mayor daño social se produce por las barreras que impiden el ingreso de las mujeres más pobres al mercado laboral.

 

Que las mujeres no tengan las mismas oportunidades laborales que los varones es una injusticia con varias derivaciones negativas.

 

Planteado de manera general, cercena la capacidad de crecimiento e induce a la dependencia de la mujer respecto del varón. Pero cuando la falta de oportunidades se concentra entre las mujeres más pobres, se pierde además una alternativa de progreso en función del propio esfuerzo, aumentando la dependencia y el sometimiento al aparato asistencialista.

 

La discriminación se reproduce intergeneracionalmente cuando se tiende a internalizar entre las niñas y jóvenes de los hogares pobres que a ellas, por ser mujeres, se les reserva el rol doméstico reproductivo.

 

Como demuestran la experiencia de los países más avanzados, el progreso social depende de una alta participación laboral de todas las personas en edad de trabajar.

 

De aquí que para la Argentina resulta económica y socialmente estratégico aumentar la tasa de empleo femenino. Lograr que todas las personas, sin distinción de sexo, tengan iguales oportunidad de inserción laboral requiere un sistema educativo con alta retención y calidad de enseñanza e instituciones laborales que faciliten el acceso al empleo con reglas que no induzcan a los empleadores a discriminar por motivos asociados a la natalidad.

 

También es clave poner a disposición servicios de cuidado de primera infancia de alta calidad y revisar los programas asistenciales, como la Asignación Universal por Hijo que debido a la rusticidad de su diseño y gestión induce a las mujeres a la inactividad laboral.

 

A estos enormes desafíos de construcción institucional se agrega la necesidad de modificar pautas culturales enraizadas.

 

En todas las familias se debe asumir como algo natural que las actividades centrales del hogar –la generación de ingresos, la educación de los hijos y el resto de las tareas domésticas– deben ser ejecutadas, con similar nivel de dedicación y responsabilidad, por mujeres y varones.

 

Así se podrá ir mitigando una fuente importante de atraso y subdesarrollo como es la primitiva concepción de ver como positiva la exclusión de la mujer del mercado laboral para que se concentre exclusivamente en las tareas del hogar.

 

Tasa de empleo femenino

 

Mujeres ocupadas como porcentaje del total entre 16 y 60 años de edad

 

 

 

 

 

 

 

      

 

 

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